Relatos

De alas y corazones

De alas y corazones

De alas y corazones

Se suponía que Carol y yo no teníamos que llegar a conocernos jamás. La orden expresa de mi jefe Miguel era muy clara: no se puede intervenir directamente para ayudar a nuestros protegidos. Pero es que mi encargo, que duraba ya treinta años, era muy especial: esa mujer siempre lograba sacarme de mis casillas, terca como no ha habido otra persona desde que el mundo es mundo. Es cierto que hace cinco años logré que dejara de fumar, aunque para ello tuve que ir poniendo a su paso carteles y anuncios de chicas fabulosas haciendo deporte, escalando montañas con sonrisas triunfales o llegando a meta tras una maratón. No como mi Carol, que se dejaba los pulmones en cada golpe de tos. Pero eso sí lo conseguí. Entonces comenzó a morderse la uñas y, en realidad, eso fue mucho más sencillo de resolver que el asunto del tabaco: la sobreexpuse a fotografías y artículos sobre la Taenia Solium, y después sólo tuve que poner en labios de su madre el consejo de no morderse las uñas porque podían esconder los huevos de la solitaria. Fue inmediato, la chica es de naturaleza aprensiva.

Mi Carol acaba de cumplir treinta años y se ha convertido en una apocada y bonita mujer, con un cabello natural que los modernos ahora llaman blorange, ni rubio ni pelirrojo sino la suma de ambos. Lleva una perfecta manicura de uñas color burgunduy y trabaja con gran talento como jefa del laboratorio de una empresa de biocombustibles.

Pero no ella no es feliz. Aunque he extremado mis cuidados a lo largo de los treinta años que dura mi protectorado, no he logrado que mi Carol deje de ir por la vida como un gatito abandonado, mendigando el amor de las decenas de avutardas que se presentan a darse un festín con sus sentimientos. Nos parten el corazón, siempre, el suyo y el mío.

Esto lo digo con cariño: mi Carol es una pazguatita. Inocente, infeliz, ilusionada, esperanzada en el amor. Siempre me pregunto por qué no averié su televisor cuando de niña miraba embobada esas películas románticas que son una estafa, que muestran hombres rudos que se transforman por la fuerza del amor y se convierten en el perfecto partenaire. De pronto, de la noche a la mañana: solidarios, afectuosos, equitativos, comprensivos, detallistas. En muchas ocasiones, he conseguido deshacerme de algunos desgraciados, empleando mis poderes divinos: he pinchado las ruedas de un coche de modo que el interfecto no ha podido llegar a la cita (cómo lloraba mi Carol), he enviado desagradables SMS al individuo, o simplemente empalagosos (“Tu gatita te espera en la esquinita, ¿pondrás hoy un anillo en su dedito?). Con este último truco, las avutardas suelen salir pitando. Recuerdo aquella vez que tuve que contagiar de sarampión a mi pobre Carol para impedir que se viese con un patán arrogante y analfabeto que la esperó durante dos escasos minutos subido a su descapotable del año catapún y después se marchó escarbando el suelo con las ruedas. Según salía, le rompí la tapa del delco con un rayo divino, luego miré al cielo para cerciorarme de que mi jefe no había visto nada.

Y hoy, se repite la misma historia. Aquí estoy, observándola desde la cornisa de este viejo edificio, allí plantada en la acera, esperando, esperando, con el corazón a punto de estallar de impaciencia. Labios rojos, melena suelta, vestido verde botella y sandalias plateadas que sostienen su peso alternativamente. Está preciosa, pero la desesperanza  se asoma a su rostro que se ensombrece, las lágrimas están comenzando a aflorar. Se acabó, no puedo más, voy a bajar, y que pase lo que sea pero no pienso dejarla sufrir ni un día más por amor. Hoy no nos rompen el corazón.

Dejé mis alas en custodia y pedí a Gabriel que me guardase el secreto. Resolvería este asunto en cuestión de un par de días y volvería a por ellas, Miguel no tenía por qué enterarse de todo esto. Gabriel en principio no quería, y es que le tiene demasiada ley a Miguel, siempre llevándole recaditos de acá para allá. Al final accedió, pero me preocupa que le gustan muchos los chismes, y es que son muchos siglos haciendo de correveidile.

Tardé unos segundos en superar mi desilusión pero dado que el tipo se había presentado a la cita, aunque con un cuarto de hora de retraso, recompuse mi sonrisa y le di dos besos a modo de salutación. No se parecía en absoluto a su foto de perfil: esmirriado, peso pluma, uno sesenta de estatura, pelo rizado y corto, y un aspecto chulesco que no encajaba con su rostro bello y angelical, ligeramente infantil. Dijo llamarse Rafa y lo cierto es que me cayó inmediatamente bien, como si ya lo conociera. Era divertido y muy ingenioso: me dijo que tenía tres mil años de edad. También era extremadamente cortés, casi hasta el ridículo. Y tenía unos extraños andares, como si la ley de la gravitación universal no le afectara. Además, parecía que le dolía la espalda, pues se tocaba los omóplatos continuamente y en cuanto podía apoyaba su espalda contra cualquier superficie, una pared, una farola o una marquesina de autobús. El individuo era raro de narices pero yo no tenía una cita desde hacía largos meses, así que acepté su invitación a tomarme una copa con él.

Mi Carol tiene imán para los idiotas, exactamente para el idiota tipo moscón baboso. De hecho, en cuanto llegamos al pub, la parte más mema y superficial de la parroquia (tres cuartas partes) la miró embobado, y la muy boba, les sonrió. A lo mejor esto no va a ser cuestión de dos días. Cómo echo de menos mis alas.

Rafa se pidió un whisky a palo seco, aunque eran las siete de la tarde. Comentó algo de que los refrescos son un invento de demonio para destruir los huesos de la humanidad y que así ardan con mayor rapidez en el infierno. La verdad es no siempre conseguía entenderle al cien por cien porque a menudo hablaba de forma críptica, como si recitara una obra de teatro o leyera un libro antiguo. A los pocos segundos, el camarero y yo nos miramos estupefactos cuando Rafa exigió tres whiskies a la vez, aduciendo que no quería estar molestando a cada rato. Me pedí una cerveza, pero de alta graduación, no quería que Rafa pensara que yo era una pazguata.

Rafa se emborrachó prácticamente en diez minutos pasando por todas las etapas y conductas típicas de una borrachera de libro: en la primera fase me dijo que antes le caía como el culo pero que ahora le caía bien (¿antes?), fase de exaltación de la amistad, y finalmente se puso agresivo y comenzó una pelea contra unos matones que estaban jugando al billar sin meterse con nadie.

Estábamos en el pub, divirtiéndonos tan ricamente mi Carol y yo cuando un gilipuertas se puso a mirarla como un perrillo babea ante un pollo recién asado. Me acerqué lento pero seguro hasta él y le aconsejé por su bien que se concentrara en la partida de billar. Aproveché la cercanía física para preguntarle si sus tres amiguitos y él se habían escapado de una competición de culturismo y me ofrecí a ponerles aceitito en la piel. Y Mi Carol, en lugar de apoyarme, va y me dice que me calle y que huyamos de allí. El mirón y sus amigos se acercaban a nosotros cada vez más. Les grité, salpicando algo de baba, todo sea dicho, que no me impresionaban en absoluto sus musculitos ni sus tatuajes patibularios porque en mi larga vida he tenido que bregar con gentuzas similares e incluso peores, solo tengo que acordarme de los filisteos, los amorreos o los cananeos, menudos sepulcros blanqueados. Con la primera (y última) hostia que, evidentemente no vi venir, fui a parar al tapete de la mesa de billar. Desde allí pude observar alucinado cómo mi Carol se lanzó a por el que me la dio, la hostia, y con el palo de billar y un indiscutible estilo único, le saltó un par de dientes. Esta acción puso en marcha definitivamente a los amiguitos del grandullón quienes comenzaron a arremangarse la camisa a toda prisa.

Por suerte, los ángeles tenemos una percepción del tiempo muy distinta a la de los humanos. En realidad se parece bastante a la de las moscas, a lo mejor porque también tienen alas, yo que sé, no soy entomólogo, ni angelólogo tampoco. El caso es que vi perfecta y lentamente una la botella de ron que, de no impedirlo el menda, iba derechita a impactar fatalmente contra la frente de mi Carol. Por ese mismo fenómeno de ralentización del tiempo, escuché a varios de los fuertecitos decirle a mi pobre Carol “hijaaaaaaauuuuuuudeputaaaaauuuuuu”.

Así que sin más remedio que hacer manifiesta mi divinidad, lancé un rayo divino que  alteró la trayectoria de la botella logrando que: a) los idiotas salieran huyendo, y b) la botella impactase en la cabeza del camarero dejándolo K.O. por dos días completos. Una luz sagrada invadió todo el interior del local y delante de los  achispados ojos de Carol y los de todos los presentes que no habían huido, Miguel se materializó de la nada y me  cayó una bronca de proporciones bíblicas. Parece que Gabriel se fue de la lengua, ya lo pillaré.

Miguel le quitó las alas a Rafa, temporalmente y hasta nuevo aviso, así que de inmediato cesó en su puesto de ángel de la guarda. A continuación, el tal Miguel me miró de arriba abajo, sacó pecho, se apartó un mechón de cabello de la frente con emoción poco disimulada y me ofreció su protección. Y fue entonces, cuando yo, atea hasta la médula, tuve mi propia epifanía y comprendí que nadie, ni siquiera los ángeles podrían protegerme de mi baja autoestima. Así que rechacé con amabilidad la propuesta de Miguel y tomé la decisión de buscar un psicólogo on line. Estas cosas, mejor poco a poco.

Pasadas unas semanas del incidente del pub, y como yo seguía sin alas, pedí el puesto de camarero del pub dejado desierto por el anterior a causa del botellazo redirigido a su testa. Y dado que de momento no tengo alas ni misión alguna, y he descubierto que la noche me mola, pues aquí estoy sirviendo copas. Los fuertecitos han vuelto al pub y después de invitarles a unas rondas de alcohol, nos hemos hecho inseparables. Sigo de cerca a mi Carol pues ahora somos simplemente un par de buenos amigos. Me contó que fue a visitar al camarero al hospital, quien se recupera del botellazo y está replanteándose seriamente retomar las oposiciones a ordenanza de colegio. Y como parece ser cierto que cuando no se busca, se encuentra, mi Carol y el camarero han comenzado a salir juntos.

 

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