Ficción

EL CUADERNO NEGRO

Por las noches, Miranda se citaba con su amante que vivía en el otro lado del mundo, lograba firmar un armisticio entre dos bandos en guerra o evitaba medidas legislativas que empeorarían las condiciones vitales de la población. Pero por el día, Miranda cosía heridas, curaba quemaduras, componía huesos rotos en el hospital de campaña bajo el frágil manto de protección de las Naciones Unidas.

Miranda no podía creer en el karma, en esa forma burda de justificación de las injusticias de este mundo.  Lo que veía a diario, los daños directos de una guerra de seis años que aniquilaba sin piedad a la población civil…  Y los niños, especialmente los niños heridos, desorientados, huérfanos, no podían permitirle creer en esas chorradas del del destino escrito. Todos los días Miranda podía literalmente oír crujir y romperse la escasa felicidad de los más débiles en la guerra. Los sueños se fracturaban a cada momento y para siempre sobre la sucia camilla bajo la lona del improvisado hospital.

Miranda resistía apoyada en el pilar de sus fuertes convicciones sociales. Por ellas seguía de médico cooperante,  a veces sorteando ella misma las bombas de unos y de otro bando. Si no fuese así,  ahora mismo estaría en una consulta privada de alguna calle céntrica de su ciudad natal arreglando a base de jeringa mofletes caídos y arrugas de opulencia y mucha edad.

Por las noches o en sus escasos ratos de ocio, en las treguas, o cuando estaba saliente de guardia y restando tiempo a su descanso, Miranda se escondía de las miradas ajenas y anotaba en su pequeño cuaderno negro relatos que también cosían y componían los huesos rotos de un mundo herido. En esos relatos, la paz llegaba de un día para otro, y la comida, y el agua, y la educación para todos, en definitiva, la justicia social. Miranda necesita contar que las cosas pueden y deben ser de otra manera.

También guardaba unas líneas para el amor, ausente en la ciudad sitiada, guarecido bajo la dureza del ceño de aquellos que corren para salvar su vida. Su amor nunca leería esas líneas, en las que cada sábado, vestida ella de verde oscuro, melena suelta y pendientes de falsos brillantes, alzaba su copa celebrando la dicha de un mundo en paz.

Pero… A veces, el mundo la sorprendía soplando buenas nuevas aquí y allá. El martes hubo un inesperado alto el fuego. El jueves llegó el cargamento de medicamentos tantas veces retenido en la frontera. Pero además, al día siguiente, la ONU dictó una nueva resolución para la protección de la población civil en los conflictos bélicos, con especial atención a las mujeres y los niños. Y un día recibió un paquete con un vestido verde y unos pendientes de brillantes falsos junto a una invitación con fecha abierta a un precioso restaurante parisino junto al Sena.

Pero Miranda sabía que nada de esto tenía que ver con ella, ni con sus relatos, en los que palabra por palabra se narraban exactamente cada una de esas buenas noticias.

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