Ficción

Elsa Belotodo y los ladrones de celulosa

El presidente del gobierno, el Excelentísimo Señor Don Saturno Ticias, abrió la boca y… No dijo nada. Los periodistas se aguantaban la risa a duras penas mientras el presidente miraba una y otra vez su atril vacío. Parecía a punto de llorar, pues algún desalmado o desalmada le había robado el papel en el que estaba escrito el importante discurso internacional que ya nunca pronunciaría. Ticias sabía que ocasiones como ésta se van y no vuelven jamás.

Los periodistas corrieron a apuntar en sus libretas esta jugosa anécdota cuando se dieron cuenta de que todos los cuadernos habían desparecido. También las servilletas, los pañuelos de papel, los folletos con la propaganda sobre esta cumbre de países en la que se hallaban… Parecía no quedar ni un gramo de papel en todo el edificio. La gente empezó a ponerse nerviosa, especialmente aquellas personas resfriadas, que tuvieron que limpiarse los mocos con servilletas de tela y con las cortinas de la sala de prensa, para gran disgusto del director del hotel, Don Ernesto Rija. Con tristeza, Don Ernesto se quitó unas motitas de caspa que había sobre su ropa.

El secretario del presidente del gobierno, Don Melitón Taina, responsable de los papeles del presidente, se puso rojo como un tomate y después azul por su dificultad para respirar. El secretario llamó muy nervioso a su propia secretaria. Le temblaba el teléfono en la mano y más aún cuando Emma Meluca le informó a través de las ondas telefónicas de las dimensiones del problema. Ese mismo día, en toda la ciudad, el papel había desaparecido. Y le dio varios ejemplos de lo sucedido: los alumnos, muy contentos, se quedaron sin exámenes. Los bares, sin servilletas ni manteles, y se vio a mucha gente limpiarse la boquita con el puño de la camisa o con la manga del abrigo. No hubo prensa ni revistas en los kioscos, y los jugadores de lotería y cupones de la suerte tuvieron que apuntarse en la mano los números a los que jugaban. Y cómo resulta sencillo de imaginar, tampoco había en ningún lugar papel higiénico, y eso enfadó bastante a todo el mundo, y rápidamente surgieron las primeras protestas y manifestaciones que, de forma un poco ridícula, exigían papel del culo para todos.

El dinero en billetes también se había visto afectado y eso fue lo que enfadó definitivamente a la población, que vio cómo desaparecía de golpe todo aquel dinero que no fuese moneda o tarjeta de crédito. Los directores de banco se tiraban de los pelos mientras trataban de guardar los billetes y los cheques en las cajas fuertes. Pero el dinero se esfumaba sin remedio.

Emma Meluca también le contó a Melitón Taina que, al mismo tiempo, la ciudad se iba cubriendo de un extraño polvo blancuzco que en principio todos creyeron vulgar caspa del pelo. Cuando Melitón colgó el teléfono trató de hacerse una idea de la situación, pero un inoportuno retortijón de tripas le envió corriendo al servicio donde, demasiado tarde, descubrió que allí tampoco había papel higiénico. Con una lágrima en cada ojo, Melitón extrajo de su maletín un pañuelo de seda que su novia le había regalado el día anterior y comprobó palpando con los dedos que la tela era suficientemente suave. Jamás pensó que la vida le obligaría a tomar una decisión tan difícil.

Fue la semana siguiente cuando toda la atención se volcó sobre una niña de dos años. La niña en cuestión se encontraba en el centro del aula de su guardería cuando sacó un pañuelito de papel de su bolsillo y se limpió la boca como si nada. Los demás niños gritaron y la señalaron con el dedo, y los responsables de la guardería llamaron a la policía y, a los cinco minutos, cuando se pararon a pensar un poco, a los padres de la criatura.

Esa criatura es mi hermana pequeña, Lisa, Lisa Belotodo. Yo me llamo Elsa y alucino con la capacidad de mi hermana para meterse en líos desde el mismísimo día en que nació. Yo tengo ocho añazos, como ocho soles según mi abuela, y no me ha dado tiempo a hacer ni la mitad de trastadas que ella. Pero esta vez, y aunque parezca mentira, Lisa no tenía la culpa de nada.

Decenas de periodistas se agolpaban a las puertas de la guardería, de modo que tuvimos que dar muchos codazos para lograr entrar. No sé por qué, mis padres decidieron recogerme a mí primero del colegio antes de dirigirse a la guardería. Lo cierto es que eso me pareció muy raro.

Lisa se encontraba en el centro de un grupo formando por niños, monitores, policías y algunas autoridades quienes con grandes y falsas sonrisas le decían “Oh, qué monada de bebé” y acto seguido le interrogaban insistentemente sobre el pañuelo de papel que ella había sacado del bolsillo de su peto a cuadros.

Pude ver con mis propios ojos cómo un policía con guantes de goma cogía el papel con unas pinzas y lo introducía en una bolsa con cierre hermético. Nosotros corrimos a abrazar a Lisa, quien se alegró mucho de vernos, pues ya hacía rato que se había cansado del jueguecito de las preguntas y las respuestas.

De nuevo, vi a mis padres en extraña actitud. Tanto papá como mamá abrieron enormemente los ojos cuando les contaron que Lisa era, con los datos que se conocían hasta el momento, la única persona de la ciudad con una porción de papel en su poder, aunque fuese tan mínima como un pañuelo, llenito de mocos, por cierto.

La alcaldesa, Doña Carlota Rada, una señora tan flaca como arisca, llegó en ese momento. Se quitó la caspa de los hombros y dio un pellizco en el moflete a Lisa, quién respondió con un estridente grito y empezó a llorar como si quisiera que la oyeran en China. Mis padres, ¡sonrieron a la alcaldesa! Y le dejaron coger a la niña en sus brazos. Qué curioso, pensé yo. Entonces mi hermana me guiñó su ojito derecho y puso esa cara que yo tanto temo y que significa: “lo voy a hacer, voy a poner a toda esta gente a mis pies”. Corrí hacia ella pero fue demasiado tarde. Lisa cogió el collar de la alcaldesa y le dio un tremendo tirón de modo que todas las perlas saltaron por los aires. La alcaldesa se puso a gritar “esssss caríssssimo, esssss caríssssimo,” y soltando a mi hermana en brazos de su ayudante, se tiró al suelo al igual que todos allí en la sala. Al mismo tiempo, la mujer gritaba que la ayudaran a recuperar, palabras textuales, “hasta la última cochina perla de ese collar”. Vaya una boquita que tiene la alcaldesa.

La alcaldesa
“¡Hay que encontrar hasta la última cochina perla de ese collar!”

Quedamos en pie la ayudante de la alcaldesa, Lisa y yo. Mi hermana me miró con la sonrisa triunfal que pone cuando logra sus objetivos, y esto es casi siempre. La ayudante era una mujerona enorme llamada Blanca Ballo que trincaba a Lisa con una sola mano como si fuese una pluma. Mi madre dejó de recoger perlas, le puso ojitos a Lisa y ella empezó a gritar mamá-mamá-mamá-mamá hasta que la ayudante la soltó, en el aire, y mi madre la cogió justo antes de que los recién estrenados dientes de mi hermana se diesen contra el parqué.

Mi madre llamó a una periodista que llevaba una grabadora y le ordenó grabar. La periodista, de nombre Leire Vista, dijo trabajar para el periódico Crujiente News. Mi madre entonces la felicitó por conseguir la siguiente primicia y a continuación declaró que el pañuelito de marras era muy anterior a la catástrofe de la desaparición de la celulosa, asunto con el que los Belotodo no tenían nada que ver, añadió, y levantó la barbilla como punto final.

Acto seguido y aprovechando el revuelo de las perlas, el jaleo de cámaras y micrófonos y el despiste de las monitoras, mi madre nos agarró a todos por el codo y la familia Belotodo salió por la puerta principal de la guardería sin ningún obstáculo. Lisa se despidió de todos con un nuevo pañuelo de papel en la mano pero mi padre se lo arrebató antes de que nadie se hubiese fijado en él.

Por mi parte, cada vez veía más claro que mis padres pintaban algo en todo aquel embrollo de la desaparición del papel. Empecé a observarles con lupa. Primera pista: ellos nunca tenían caspa.

El problema de la ausencia total de celulosa en la ciudad comenzaba a agravarse aunque diariamente llegaban camiones y camiones cargados de lo más necesario. ¿Y qué era lo más necesario? Según las autoridades: papel higiénico (bien pensado) y cuadernos para los estudiantes (¿en serio?). Pero en cuanto los repartidores terminaban su trabajo, todo el papel había desaparecido de nuevo. Y la caspa aumentaba día tras día por más que las ventas de champú anti caspa se habían disparado.

La gente empezó a acostumbrarse a proseguir su vida sin papel y el hecho de vivir en plena era digital ayudó bastante, pues se utilizaban más que nunca las tabletas, los teléfonos y los ordenadores. Las multas y los deberes llegaban por correo electrónico, al fin y al cabo son casi lo mismo. La gente había sustituido casi todo el papel por telas y plásticos, pero… Seguía existiendo un artículo insustituible: el papel higiénico. Los ciudadanos estaban tan desesperados que comenzaron a pedir libros prestados en las bibliotecas para no devolverlos nunca. Estos ávidos lectores se llevaban libros muy largos y aburridos, pero todos ellos fabricados en papel blandito y suave, de ese que no rasca. Las autoridades se vieron obligadas a cerrar a cal y canto todas las bibliotecas de la ciudad.

Segunda pista: la ciudad seguía sin celulosa de ninguna clase, y sin embargo en mi casa nunca faltaba el papel. Cuando yo preguntaba a mis padres me decían “este es el último rollo de papel higiénico”, y cuando ése se acababa y yo les miraba a través del rollito de cartón, mi padre venía con otro rollo en la mano, se ponía colorado como un tomate,  y me decía “éste sí que es de verdad, de verdad, de verdad, el último rollo que nos queda”. Hummmmm.

Mis padres son los dos químicos de profesión. Mi madre trabaja en una fábrica de plásticos y por eso siempre ha habido por casa objetos tarados: vasos y platos deformes, discos de playa ondulados, sillitas cojas, en fin, objetos inservibles para la venta que se regalaban a los empleados de la fábrica. En mi casa siempre hemos tenido juguetes de sobra, aunque un poco descacharrados. Y mi padre, que es específicamente bioquímico, trabaja en un hospital, en la sección de farmacia.

Resulta un poco chulesco que lo diga yo, pero mis padres son muy buenos profesionales. Los dos cocinan de maravilla y consiguen unos sabores exquisitos, mi casa huele mejor que una perfumería porque mi padre fabrica nuestros propios ambientadores y jabones en un cuarto que tenemos en el sótano. En el sótano. En el sótano. ¡En el sótano!

Aprovechando que mis padres estaban bañando a mi hermana Lisa, quien gritaba gu-gu-gu de puro placer acuático, bajé al sótano. Y aunque tenía mis sospechas, jamás podía haber imaginado lo que encontré al abrir la puerta del laboratorio: toneladas de papel, de todas formas y colores, aunque predominaban el papel higiénico y las servilletas. También había un par de grandes bidones de plástico y numerosos botecitos de espray rellenables. ¿Qué se llevaban entre manos esos dos? ¿Qué podía ser ese líquido de los botes de espray?

Decidida a saber toda la verdad, cogí uno de los botes y lo olí. No era un olor desagradable pero te daba directamente una punzada en el estómago al acercártelo a la nariz. Quise investigar sus otras propiedades además del olor y decidí pulsar el atomizador del espray. De repente, desapareció todo el papel que estaba a menos de un metro de las gotitas del líquido. En su lugar aparecieron numerosas motitas de polvo blanco. ¡La caspa! ¡No era más que celulosa reducida a trizas!

Mis padres estaban en la habitación de Lisa poniéndole el pijama cuando aparecí ante ellos con un curioso disfraz: un paquete de servilletas por sombrero, un rollo de papel higiénico en cada mano y, sobresaliendo de los bolsillos de mi pantalón vaquero, sendos botes de espray. Sólo Lisa estalló en carcajadas porque mis padres abrieron los ojos como platos.

Nos sentamos todos en la alfombra. Lisa en brazos de mi padre, quien ahora le daba el biberón de la noche. Los Belotodo solemos sentarnos así cuando hay que tomar grandes decisiones en familia, como el lugar de vacaciones, montaña o playa, o nada, según la economía, o decidir el número de invitados para un cumpleaños.

Fue mi madre la que habló, muy bajito para no molestar a Lisa que se estaba adormilando con la tripita llena, y lo confesó todo. Mi padre asentía continuamente, pero eso no significa nada: lo hace siempre que mi madre habla. La verdad es que no sé por qué lo hace, él dice no se qué de no meterse en líos. Pero vayamos al grano.

Mi madre contó entonces que todo empezó cuando nací yo, y después el asunto se agravó con el nacimiento de Lisa. Tanto mi padre como mi madre comenzaron a llevarse las servilletas de los bares, el papel de los aseos, trozos de manteles de papel, etcétera. ¿Por qué? Porque, como todo el mundo sabe, los bebés babean continuamente o echan reflujitos por la boca, o tienen mocos a mansalva, y el papel, da igual los kilos que lleves encima, siempre se acaba. Siempre.

El detonante de toda esta situación ocurrió en un conocido restaurante de la ciudad,  el Restaurante La Púa. El camarero llamó la atención de forma muy fea a mis padres cuando observó la ausencia de todo papel en la mesa, y en las mesas de alrededor. Mis padres contaron el mismo rollo de siempre, que la valvulita del estómago de su hijita todavía no cerraba bien y se le salía la leche sin parar, que además la niña tenía moquitos… El camarero, en lugar de mostrarse comprensivo, cortó a mi madre en seco (cosa que ella no soporta) y llamó al gerente del restaurante. Y al chef, y a todos los empleados, porque se percataron de que tampoco había papel en los servicios ni en la cocina. Todos allí reunidos largaron un sermón tremendo a mis padres quienes se pusieron colorados hasta las orejas. Mi madre estaba al borde de las lágrimas y mi padre a punto de estallar como una olla a presión. Entonces papá y mamá se miraron, y en ese cruce de miradas se fraguó un plan de venganza: la Guerra del Papel.

Mi madre es, cómo diría yo, una mujer de acción. Y mi padre es el perfecto compinche de una mujer de acción. Ese mismo día empezaron a tomarse la justicia por su mano. Crearon en el laboratorio del sótano una fórmula que hace desaparecer todo el papel que toca, como yo había podido comprobar. Se trataba de una solución basada en una súper enzima que hace fosfatina los enlaces de hidrógeno de las moléculas de celulosa en un santiamén y que ellos podían fabricar en grandes cantidades y a bajo coste. El mundo se iba a enterar de lo era tener mocos o pipí o caca o vómito o todo a la vez y no tener nada con lo que limpiarse. Ja, ja, ja, añadió mi madre para poner fin a su estremecedor relato. Papá le pidió que bajara la voz porque Lisa se acababa de dormir.

Mi padre tomó la palabra entonces y me explicó cómo habían conseguido llegar a casi todas partes. Bien temprano por la mañana, nos dejaban en la guarde y en el cole a Lisa y a mí, entonces, impregnados en el líquido y con recargas encima recorrían toda la ciudad, en especial el punto de llegada de los camiones. Esparcían la fórmula en los pomos de las puertas de las tiendas, en las barandillas del metro y de los autobuses, en definitiva, en cualquier lugar en el que los ciudadanos posaban sus manos. También echaban el líquido en las calles y así los propios coches se encargaban de repartirlo por toda la ciudad.

Entonces fue mi turno y hablé. Les dije que comprendía perfectamente las humillaciones a las que fueron sometidos cuando se quedaron sin papel en numerosas ocasiones y que, por desgracia, existen individuos que merecen ser condenados sin papel del culete de por vida. Pero muchas otras personas están sufriendo injustamente. Son personas inocentes como los pacientes de un hospital, los ancianos de las residencias, mis propios compañeros de colegio, y también opositores, oficinistas, libreros, escritores, compositores… Mi padre me pidió que parase porque se iba a echar a llorar. Además, añadí que aparte de venganza se les notaba un poquito de vicio: empezaron con las servilletas de los bares, las libretas de los camareros, los manteles y los periódicos y ya no han sabido parar. Y prueba de ello era todo el material guardado en el sótano: ¡ni con siete gripes y diarreas por barba y año acabaríamos nunca con tanto papel!

Dejamos a Lisa en la cuna y salimos de su habitación. Cenando nos reímos muchísimo recordando los mejores momentos de la Guerra del Papel: el presidente sin discurso, el collar de perlas de la alcaldesa, la desesperación de algún conocido banquero… Pero después de divertirnos les hice prometer una tregua: el papel debía volver a la ciudad. Y les confesé mis temores: si se descubría que ellos eran los causantes de la falta de papel, la gente sería capaz de cualquier cosa contra nosotros. Mi madre prometió usar la fórmula química sólo en situaciones de vida o muerte.

Poco a poco, la ciudad volvió a la normalidad: visitas al retrete sin sorpresas, exámenes cada dos por tres, venta de periódicos, sorteos de lotería que nunca toca, discursos de políticos repletos de promesas… La Guerra del Papel era una antigua pesadilla que todos estaban consiguiendo olvidar.

En la fiesta de fin de curso yo acababa de terminar mi papel como hada en la representación teatral de Pinocho, función aplaudida con gran entusiasmo por los allí presentes. Cuando ya estábamos sentados con nuestros padres, el director de mi colegio, Don Alfonso Porífero, comenzó un largo discurso para despedir el curso y darnos las vacaciones. Temí lo peor cuando las tripas de mi padre rugieron de hambre, porque mi madre nunca ha podido soportar ver a mi padre sufrir. Es algo que la saca de quicio. También ella debía estar hambrienta, yo lo estaba desde luego, y todos, y además el aburridísimo discurso parecía no acabar nunca… Mi madre dijo “qué calor”, sacó un espray de su bolso, se acercó al escenario e hizo flus-flus. El director se quedó sin papel en el acto, se quedó mirando su atril vacío, después se concentró en sus pensamientos y se percató de que también estaban vacíos. Entonces nos deseó felices vacaciones y muy confuso comenzó a aplaudirse a sí mismo. Todos salimos pitando del colegio. Quiero a mi madre a rabiar.

 

 

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