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Saliendo de la zona de confort. En tres, dos, uno… ¡ya!

 

¿A qué colegio va tu hija? No lo sé. ¿A qué hora empiezas a trabajar? No lo sé. ¿Cuándo terminas las clases? No lo sé. ¿Cuántos grupos de alumnos tienes? No lo sé. ¿Eres tutora? No lo sé. ¿Cuándo te dan tu casa? No lo sé. ¿Vas en coche, andando, en tranvía? No lo sé. Pero eso sí, camino y camino todos los días, muy por encima de los 10.000 pasos recomendados por las autoridades sanitarias. Y, de alguna manera, tengo cierta idea de dónde quiero ir y qué quiero hacer, aunque mi mapa mental de la ciudad y el mapa original únicamente guardan entre sí un lejano parecido familiar, como un perro viejo se acaba pareciendo a su amo (y viceversa).

Y este“no lo sé” ha durado un par de meses escasos, viviendo en el ojo del huracán de una incertidumbre grande y hermosa cual ballena jorobada. Y como ella, saltando en el vacío por el puro goce de hacerlo.

Salir de la zona de confort

Salir de la zona de confort, un paso necesario para una vida rica.

Salir de la zona de confort es incómodo, desorienta, marea, cabrea, es caro… Pero es positivo.  Los seres humanos somos reacios a los cambios y nos resistimos a ellos, queriendo volver una y otra vez sobre nuestros pasos.

Dicen los expertos en psicología que para instaurar realmente una nueva conducta, es decir, cambiar un hábito, son necesarios al menos dos meses. ¿Sigues buscando la manivela de la ventanilla en tu coche nuevo con elevalunas eléctrico? ¿Vuelves una y otra bajo el fregadero a buscar un cubo de la basura que lleva dos semanas fuera de allí? ¿Abres la puerta equivocada del armario varias veces al día porque se te ocurrió cambiar la cajonera de sitio? Bienvenida, torpeza. Así es, los cambios hacen sentirnos torpes, poco inteligentes, inadaptados al medio que nos rodea y … ¿A quién le gusta sentirse así?

Cuando una persona sale (o la sacan) de la zona de confort, todas su rutinas desaparecen y en su lugar las novedades campan a sus anchas: ¿Dónde está la parada del autobús? ¿Quién ha diseñado esta cama, Torquemada? ¿Por qué puerta he de entrar? ¿Dónde tengo que firmar? ¿A quién debo solicitar los documentos? Y… ¡maldición, esta calle es dirección prohibida!

Salir de la zona de confort en el cine

En numerosas películas, un cambio radical en la vida de los protagonistas les obliga a abandonar drásticamente su zona de confort. O en ocasiones, es la persona la que busca un cambio de escenario, de amigos, de vida (Bajo el sol de la ToscanaCome, reza, ama).

En las siguientes películas las personas que salen de la zona de confort son niños. Algunos afirman que se adaptan mejor que los adultos, otros piensan que sufren más porque su comprensión de los motivos de los cambios es menor.

Inside Out

En este caso, la protagonista es obligada a abandonar su zona de confort cuando sus padres deciden el traslado de toda la familia a San Francisco por motivos laborales.

Para Riley el nuevo mundo es peor, simplemente porque no es el suyo, el que conoce y en el que sus amigos quedaron atrás y, como se ha dicho, también sus rutinas. Menos mal que sus emociones la acompañarán en el difícil proceso de adaptación a una nueva casa, un nuevo colegio, una nueva ciudad y una nueva gastronomía (pizza con Brócoli, ¿se han vuelto locos estos californianos?).

La película de Pixar es un maravilloso viaje por las emociones de una niña de primaria, en las que sin embargo muchos adultos podemos reconocernos.

Billie Elliot

El caso de Billie Elliot, película del año 2000 dirigida por Stephen Daldry, es si cabe más impactante, porque el niño protagonista es el que decide por sí mismo salir de la vida que todos habían preparado para él. Hijo y hermano de un minero en la inventada ciudad de Everington, Billie es apuntado a clases de boxeo en el pabellón deportivo del pueblo. Como su abuelo y su padre hicieron en su momento.

Pero por una casualidad, Billie Elliot es testigo de una clase de danza y a partir de ese momento consagrará todos sus esfuerzos a ella. Pese a la oposición de su familia y con la ayuda cómplice de la profesora de ballet, Billie consigue perseguir su sueño de ser un gran bailarín.

En el caso de Billie, la zona de confort que otros habían buscado para él resultaba demasiado estrecha y tradicional. Forma parte del lirismo de la película la valentía del protagonista de enfrentarse a todos rompiendo los prejuicios sexistas más arragaidos (¡los niños no bailan!).

Salir de la zona de confort para construir una nueva zona de confort

Solamente ahora, en medio del caos y de la vorágine de la ausencia de rutinas y estructuras fijas, me doy cuenta de lo hastiada que estaba, de lo aburrida, de lo dormida. Aunque sea sólo por la toma de conciencia de quién es uno y donde está (me hallo en plenas averiguaciones), ya vale la pena dar el salto.

Obviamente, tras los cambios y dado que somos animalitos de costumbres, volveremos a fabricarnos una extensa zona de confort… De la que querremos salir dentro de unos años, cuando vuelva a venirnos pequeña, extrecha, cuando nos pique y nos salgan las ampollas de la rutina.

Entonces, saltaremos de nuevo, hasta el último salto final.

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2 Comments

  1. “Salir de la zona de confort…” Eso me recuerda que he cambiado de ciudades o pueblos unas diecisiete veces, creo, o quizá más,; de vivienda, ni recuerdo; cuatro veces de lengua, ni sé cuántas de trabajo; de compañeras, la actual (y que dure, que va ganando) es la cuarta y de criterio, un montón hasta que van quedando las cenizas de ahora.

    Lo que se dice (o decía) un picaflor, un chisgarabís o un cabeza de chorlito: una vida divertida, pero poco confortable; ahora parece que voy a aguas calmas, al estuario donde todo se acaba como auguraba Jorge Manrique.

    Y bien a gusto.

    Está bien recordar estas cosas de vez en cuando, sobre todo cuando te las recuerda alguna lectura.

  2. Entonces parece que perteneces al grupo de personas que más bien huye de la zona de confort por iniciativa propia, aunque es innegable que la propia vida es incertidumbre e inestabilidad y nos cierra unas calles mientras abre otras nuevas, de modo que no podemos volver siempre por la misma esquina, por más que quisiéramos hacerlo.
    Como un niño agotado al salir de la escuela, así me siento yo.
    Qué bueno tenerte por aquí.
    Saludos.

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